LA VIDA SIN GLAUCE-LA VIDA CON GLAUCE: UN ENCUENTRO

A su memoriala glau

 

Recordar es recrear un territorio inexistente y fragmentario, es acercarse con el anteojo de la imaginación a rincones ocultos de la mente, desempolvar las neuronas del olvido, hacerlas brillar en la memoria, caminar descalzos en una tierra minada de sorpresas cuidando no lastimarse los pies: siempre hay vidrios rotos en el pasado al lado de grandes tesoros.

 

Conocí a Glauce Baldovín a principio de los 80´, una mujer más joven que la edad que ahora tengo. El encuentro fue en la SADE Córdoba, en la calle Humberto Primo. En ese tiempo ya me había graduado de geólogo, estudiando desde 77 al 82 en la Universidad Nacional de Córdoba, bajo el régimen académico intervenido por los militares y bedeles policías, en esos recintos de intramuros, con mirones de charreteras, había estudiado el planeta, conocía mucho de él y el cosmos, sabía de los minerales y las rocas, la respiración agitada de los magmas y el ronroneo sísmico de las placas tectónicas, pero poco, muy poco de la sociedad que comenzaba a respirar puertas afuera, como el pulmón de un ahogado que se vacía del agua sucia y podrida por tanto encierro y oscuridad. La democracia abierta de par en par se desplegaba como una ilusión. El agua estancada, que inundó durante años nuestras casas por el goteo incesante del horror…terminaba…pero no concluían sus efectos, el golpe militar marcaba para siempre el rostro de los sobrevivientes, de los familiares de los muertos, desaparecidos y exiliados, la sociedad golpeada en su conjunto por el terrorismo de estado inaugurado en el 76´ por el dictador Jorge Rafael Videla.

 

En ese tiempo de reencuentros apareció Glauce como un regalo para mi vida. Estabas allí, con tu figura luminosa e imponente. Yo estaba allí, descubriendo el mundo, asomado al universo de los poetas como un intruso. Por aquellos años ya escribía con intención literaria, motivo por el cual, me había anotado en unos talleres coordinados por Marta Cisneros y Paulina Brunetti, a través de esos vínculos llegaba a la SADE.

Glauce, recuerdo de manera muy clara aquella noche, me fue imposible no registrar tu destello entre la gente. Esos ojos que veían más allá del horizonte palpable y reflejaban los espejos del alma. Destellos que uno busca para calmar esa sed que no tiene origen ni se puede saciar. Seguro te debo haber mirado repetidas veces tratando de robar parte de tu belleza para mis sueños, y fue así, que en momento de la noche te me acercaste y dijiste: “Hola mi cristo”. Me tomaste del brazo e integraste a una ronda de personajes desconocidos. Compartimos fragmentos del habla, algunos tragos…

 

Habrían pasado un par de días desde aquel encuentro fugaz cuando a través de una amiga, me llega a mi casa un mensaje en un pequeño papel doblado en cuatro: te espero esta tarde. Al pie tu nombre: Glauce y la dirección de la calle Corro al final de la nota. Y allí fui, tentado por el encanto de aquella invitación, llegué al lugar, oprimí el portero eléctrico y, sin yo decir nada escuché tu voz: “Pasá mi cristo”.

 

Tu departamento estaba al fondo del pasillo. Esa, tu casa, fue uno de los primeros refugios poéticos que descubrí bajo este cielo. Aquel lugar estaba abierto a las visitas, se llegaba allí mucha gente desconocida para mí. Tabaco, alcohol, palabras de poetas y amigos se entretejían de mágica manera. Yo sentía que mi sola presencia te agradaba. Se veía en aquel rincón, abierto al mundo, pasar el tiempo o dejábamos que él pasara por nosotros. Te gustaba leer tus textos, leernos tus palabras, sentada en ese sillón, el mismo siempre, rodeada por carpetas en donde buscabas poemas. Otras veces contabas historias. Otras llorabas. Otras reías. Yo disfrutaba de todo eso como desde una burbuja de niebla. Había libros en las repisas de la pared, innumerables hojas que hubiera querido leer de un soplo, una patente que decían era de cuando el Che Guevara entró de manera clandestina de Bolivia a Argentina…así como muchos misterios para alguien que comienza a descubrir el mundo. Esa atmósfera me invadió de una respiración poética que ha quedado grabada en mi sensibilidad y que recuperé en los encuentros con Patora Cisneros y un ramillete de amigos en la ciudad de Córdoba, después aquí, en la década en donde el “aire de los poetas” me devolvió aquella respiración.

 

Repetí varias veces esas visitas a tu casa, hasta que tuve que regresar a Río Cuarto para partir rumbo a la Patagonia, en mi primer trabajo profesional. Como en una buena novela fui conociendo de tu historia en pequeñas dosis, de tu lucha, de tu visión del mundo, del secuestro de tu hijo y la esperanza inclaudicable de recuperarlo. Tiempo después perdí tu rastro. Pasado los años y ya viviendo en esta ciudad me enteré que no andabas bien y me dijeron que era mejor no visitarte. Por una razón u otra no volví a verte más: deudas con el destino.

 

Escuché decir tus poemas antes de leerte. Pasó el tiempo y conseguí algunos de tus libros y quedé otra vez enlazado a sus palabras y te sentí como la voz más cercana y pura de esta tierra cotidiana y plana en donde vivo. Aún así lo siento. Es por eso que mucho me inquieté al enterarme que habían tomado tu nombre para reunirse en torno a un colectivo de artistas. Bienvenida esa idea que ojalá perdure en el tiempo.

 

A la distancia puedo sentir y descubrir que estuve enamorado de esa mujer que construí en esa breve existencia compartida: amé tus palabras, esas pronunciadas con voz clara y firme, tu manera de luchar y plantarte en el mundo. En mi caso, la vida sin Glauce, sería menos cristalina. Las personas faros siempre quedan brillando en el cuerpo y alma.

 

Recordar es recrear un territorio inexistente y fragmentario, es acercarse con el anteojo de la imaginación a rincones ocultos de la mente, desempolvar las neuronas del olvido, hacerlas brillar en la memoria, caminar descalzos en una tierra minada de sorpresas cuidando no lastimarse los pies: siempre hay vidrios rotos en el pasado al lado de grandes tesoros. Por fortuna hay accidentes luminosos que nos marcan y señalan el mejor rumbo para seguir en la vida sin perderse.

Marcelo Fagiano

Mayo de 2018

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