Tener un caballo y escapar para siempre (Reseña de la novela Enero de Sara Gallardo)

Reseña sobre Enero de Sara Gallardo (99 páginas. Fiordo; 2018).

Enero es la primera novela de Sara Gallardo, publicada en 1958. Sesenta años después, Fiordo reedita, en el momento preciso, esta pequeña joya de la literatura argentina.

De Gallardo trascienden los detalles que a menudo importan cuando se es mujer y escritora: que se casó con Estrada y después con Murena, que fue hija de famoso naturalista Ángel Gallardo, nieta de Miguel Cané, bisnieta de Mitre, etc, etc. Pero en cambio, su desempeño literario aparece en segundo plano. Con la publicación de Eisejuaz en la colección de Clarín que dirigió Ricardo Piglia en la primera década del 2000, su obra adquiere cierto reconocimiento, pero no el suficiente para instituirse en el canon, cuyos espacios sagrados son principalmente ocupados por hombres. Esas casualidades.

Sara Gallardo comienza a su publicar sus obras en la década del ’50 y retoma en ellas un tema que, para la época, resulta residual: la pampa. Pero en ese territorio que ya había sido narrado en los textos fundacionales de la literatura argentina, emergen en la obra de Gallardo las voces oprimidas: las cautivas, las mujeres silenciadas, el indio mataco. El tiempo, por su parte, no se limita a ese momento de la historia en el que el país era un sueño de los ilustrados. El campo es para Gallardo todavía un espacio para explorar.

Como decíamos, sus textos se caracterizan por una prosa simple, una representación viva de la oralidad del interior y un manejo preciso de los silencios.  Basta para comprobar esto con leer sus cuentos en El país del humo, algunos de los cuales podríamos señalar, incluso, como microrrelatos.

En cuanto a  Enero, la obra es una novela realista: no presenta saltos temporales, es lineal, refracta la vida de una joven en la pampa.  En su aparente simpleza, sin embargo, hay un trabajo profundo con lo que no se dice. Y es allí donde la complejidad emerge: el lector debe reponer eso que no se dice, que se calla. Es, en ese sentido, una excelente novela realista, porque más que decir, hace: pone a funcionar las cosas, aunque estas nunca se mencionen. La protagonista de la historia, Nefer, es una joven simple, a la medida del territorio que habita. Nefer ama en secreto al Negro, pero el encuentro amoroso con este personaje nunca será posible. Nefer no es heroína. No se salva, sino que padece. O tal vez, Nefer es heroína -esa palabra detestable, ese sufijo, insuficiente para alcanzar la auténtica condición de héroe- porque es, posiblemente, la primera protagonista en nuestra literatura que decide, o más bien, anhela abortar. A Nefer la violan. Pero el narrador omnisciente no dice “entonces la violaron”. La violación es una de las primeras escenas. Pero al no enunciarse desde una referencia directa, al cimentarse desde lo que se sugiere, los lectores se enfrentan a lo perverso en su propia construcción del sentido: es uno mismo quien debe reconocer eso terrible que se esta callando, enfrentarse al universo machista en el que habita Nefer, ese que la culpa por el mal que el hombre imprime sobre ella, el mismo mal del que hoy, todavía, nos acusan los diarios: si nos violan es porque lo buscamos. “El hombre tomó vino, tiene olor, ella lo vio esa tarde riendo y hablando. La toma por un brazo y las espinas del monte se incrustan en su espalda. El hombre tiene bigotes y olor a vino, hace calor, las ramas de los árboles son un mundo, el Negro está con Delia el hombre suda, hace calor, me ahogo, ah Negro, Negro, qué me has hecho, mirá mi vestido, era para vos…”(p. 16)

A menudo Nefer se repite a sí misma que ese hijo es del Negro. Pero no. Fue violada y durante el resto de la novela los lectores asistiremos a su padecimiento, al odio que eso que lleva adentro despierta en ella. En ningún momento la protagonista duda: no desea ese hijo. “Nefer piensa que no sabe cómo acabar con este miedo que come su comida y duerme su sueño”(p. 56). “Amigo secreto no hay ninguno. Semilla triste que crece y crece sin piedad es lo que lleva, no amigo secreto” (p. 86). Así como no se dice violación, tampoco se dice hijo y menos se dice aborto. La novela tiene 99 páginas y recién en la 91 esa palabra aparece con el nombre que posee, solo cuando el silencio deja de tener sentido. El aborto es un deseo y un horizonte aparentemente posible. Cuando la vergüenza del embarazo es conocida por la madre de Nefer, esta propone una solución de la que luego y se arrepiente, y que finalmente se transforma en el final más desdichado para la protagonista, pero cuya resolución tampoco adelantaremos. “Mamá, vos dijiste que… que mañana ibas a… a sacar todo… -¿Yo? Lo dije de rabia, pero no se puede hacer, la policía te lleva.”(p. 86). Hasta que  la desgracia se vuelve cada vez más inevitable, y entonces el silencio deja de tener sentido: “Su madre dijo que abortar- esa era la palabra- era peor que un crimen, porque es matar a uno que no puede defenderse. Aunque lo dijo hace tiempo vuelve a oírla: ‘¿Porque no conocemos su cara no nos duele matarlo?’ “(p. 91).

Conocemos todo el padecimiento de Nefer a través del narrador omnisciente, que, en su condición de realista, se cuela en los pensamientos de la protagonista, se focaliza en ella al punto de no requerir marcas textuales para indicar que estamos ante la voz interna del personaje. Lo mismo con los diálogos: las intervenciones de los personajes están cargadas de vitalidad, aún más porque no existe una distancia lingüística entre quien presenta los hechos -el narrador- y los personajes. A menudo, el primero adquiere la estructura sintáctica rural, esas marcas de la oralidad que repiten el verbo de la oración al final, nuevamente.

En medio del padecimiento, habrá pequeños momentos de profunda hermosura: Nefer invocando a su amado; Nefer, una con la naturaleza, con el entorno rural, los pájaros, los caballos y el campo, otorgando un valor enorme a esa simpleza, a esas pequeñísimas instancias de libertad; haciendo en secreto lo que no le es permitido a las mujeres de su época: “ Nefer tira rápidamente las riendas y va hacia el rancho dejando que los gritos se transformen en carcajadas rotas y la voz diga y rediga: – A caballo hay que andar cuando se es puta, cuando se es puta y reputa, a caballo, sí.” (p. 39). “Ah, tener un caballo y escapar para siempre”(p. 92), deseará Nefer más adelante.

Entonces, Enero es una novela realista y es, sobre todo, una novela política: los lectores leemos en el silencio lo que no se dice, lo que se calla. Lo leemos en este contexto y en este momento histórico: uno en el que aún se debaten derechos fundamentales de la autonomía de los cuerpos, uno en el que las mujeres somos protagonistas del fenómeno político más importante de la época, el feminismo.

Hay que leer a Gallardo. Hacerlo es llevar a cabo un acto de justicia: escuchar una voz importantísima de nuestra literatura. Una voz que, además, revela una dimensión silenciada de los derechos de las mujeres, a través del mismo mecanismo al que somos sometidas: el silencio. En ese territorio salvaje que narraron Hernández, Sarmiento, Echeverría -que narraron los hombres-, en ese espacio del que después se encargó la novela naturalista, aparece  en Gallardo enunciado desde las voces de personajes que hasta entonces no habían intervenido en ese reparto. Hay que leer a Gallardo: esta generación lectora debe revisar lo que en el pasado no nos dejaron decir, los reveses que debieron encontrar las artistas para revelar una opresión ancestral, y ejercer entonces la memoria. Para que el silencio sea sólo un mecanismo narrativo y no un poder sobre nuestros cuerpos y nuestras subjetividades, pero que, hasta entonces, exista siempre una contracara al mandato patriarcal, una posibilidad más inteligente de subvertirlo con sus propias armas.

Por Camila Vazquez

 

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