De la mano (cuento de Daniel López)

El Duna blanco llegó por la calle de atrás. Zigzagueó entre unas cubiertas viejas y se detuvo a unos veinte metros de la casa de los Castaño.

¿El padre Jorge?, pregunté.

Andate, me dijo Carlitos, uno de los mellizos.

Dale, loco. Pirártelas, me apuró Federico, el otro.

Me fui. Bajé la loma y crucé la calle honda, las vías, los eucaliptus y el asfalto. Entré a mi casa por la puerta del garaje y subí al techo a espiar. Matilde, la madre de los chicos, esperaba al visitante en la puerta de entrada.  El cura vestía ropa común, no la de misa. Cuando llegó al frente, Matilde entró a la casa y, al rato, salió con la enferma. La hermana de los Castaño llevaba el pelo recogido —era la primera vez que la veía así—, unas calzas rojas brillosas, que resaltaban un cuerpo desconocido y una polera blanca que apenas le contenía las tetas. Yo, que consideraba a la enferma como una abuela o como una mujer sin físico de mujer, quedé fascinado. El cura la tomó de la mano y caminaron hacia el chiquero. Dieron la vuelta al tejido y se perdieron entre unos enormes nogales.

A pesar de la negativa de mi madre —te vas a agarrar un tétanos terrible, decía— yo jugaba con los Castaño apenas llegaba de la escuela. Los mellizos tenían mi edad. Carlitos era más gordo y un poco más alto. La hermana les llevaba dos o tres años. Por las tetas parecía más grande. Quizá llegara a los dieciséis.

Vivían en frente de mi casa, del otro lado de las vías, en la esquina de una de las dos manzanas, sin uso, del Club San Martín, en la parte del pueblo que nadie tenía en cuenta. Esos terrenos delimitaban, al frente, con la calle honda que daba al ferrocarril y, atrás, con el camino al basurero municipal. Acumulaban autos desarmados, baterías, cuadros de bicicleta, hierros, caños, botellas, damajuanas vacías y otras porquerías. En la otra manzana, después de una calle llena de pozos, tenían gallinas y una chancha. Un par de veces al mes, rastrojeros y camionetas llegaban, por la calle de atrás, a cargar las cosas que juntaban.

Al padre se lo veía poco; Matilde daba las órdenes en la familia. Los fines de semana, ella hacía la comida al aire libre en un enorme tacho que calentaba con maderas o cartones. Comían allí mismo, al frente de la casa, y a veces, me invitaban. Yo aceptaba y, luego, repetía el almuerzo en mi casa para que no me retaran.

Era finales de abril —me acuerdo porque en el pueblo se preparaban para la procesión al Cristo de la Buena Muerte— cuando vinieron, a la casa de los Castaño, una señora de traje y un hombre grandote. Nunca había visto una mujer vestida de esa forma. Se bajaron de la parte de atrás del único patrullero del pueblo —un Falcon destartalado— y caminaron, juntos al agente Rocha, esquivando charcos y mugre. Matilde mandó los chicos adentro y me hizo una seña para que me esfumara. Crucé la calle honda y me escondí, detrás de un tambor de doscientos litros, a espiarlos. La mujer me pareció amable. Hablaba y hacía gestos medidos, como tranquilos, no sé, una mujer segura. Matilde chasqueó los dedos y aparecieron, uno detrás de otro, los mellizos. No pude ver dónde estaban escondidos, pero debió ser allí cerca, porque llegaron enseguida. La mujer les tocó la cabeza, como despeinándolos y, al parecer, le hizo algunas preguntas. Luego, los hermanos se metieron a la casa.  Antes de irse, las mujeres se besaron en las mejillas. El agente Rocha le dio la mano a Matilde y se acomodó la gorra.

Los mellizos me contaron, al día siguiente, que esa vieja de mierda, así llamaron a la mujer de traje, los obligaba a volver a la escuela.

¿Y a su hermana, también?

¿Sos otario, o te haces? Contestó Carlitos.

Que pajero, sos, remató Federico.

Me distraje. No pude armar el trampero y los hermanos me retaron un par de veces. Quería acomodar el bocho; volver a pensar en la Castaño como esa grandota con ropa gastada que apenas salía de su casa. Inventé una excusa y fui.

En la semana volvió el cura.

Dejé a los mellizos pelando unas horquetas de siempre verde y me fui sin saludar. Crucé la calle honda por otro sendero que llevaba a las vías y, una vez que los yuyos me taparon, regresé al tambor por el camino de siempre. El Padre Jorge y la enferma caminaron de nuevo, tomados de la mano, hacia los nogales. Ella, otra vez con la calza roja y el pelo recogido. No pude ver si llevaba pulóver o una polera azul. En el chiquero, la chancha gruñía sin ganas. Se me encogió la panza. Tuve ganas de llorar. Los mellizos seguían con lo suyo detrás de la casa, hasta que apareció el Rastrojero de su padre. No lo dejaron ni bajar al viejo. Subieron en la parte de atrás y, golpeando el techo de la cabina, salieron por la calle del basural.

Matilde miró hacia los nogales. Juntó ramas secas y las metió debajo del tacho donde preparaba la comida. Cruzó hacia el chiquero con un balde y algo le tiró al a la chancha que se acercó a comer. Volvió a mirar hacia los nogales. Acomodó las chapas de cinc que hacían de puerta y regresó a la casa.

Al rato aparecieron. Venían de la mano.

El Padre Jorge reía y le hablaba. Ella, callada y con la cabeza gacha, se soltó de la mano cuando cruzaron la calle de los pozos. El cura fue hasta el Duna y abrió la puerta de atrás. Sacó un radiograbador de dos parlantes y se lo entregó a la Matilde, que esperaba acomodando unas maderas viejas de albañilería. La enferma se metió enseguida a la casa.

Esa noche le pregunté a mi mamá sobre la enferma. Concentrada en la televisión, no respondió.  Le dije que la había visto, con el padre Jorge, caminar de la mano hacia los nogales del terreno de los Castaño. Apagó la tele y buscó con la mirada a mi padre. Fue un acto reflejo, mi padre nunca aparecía a esa hora por la casa. Su vida era el mercadito que teníamos en el salón del frente y el reparto por los campos. En el patio, mi madre me hizo sentar en el brocal del bombeador. Apretándome la cara con ambas manos pidió que repitiera lo dicho.

La Castaño y el cura, ya te dije.

Preguntó cuándo y a qué hora los había visto.

Le relaté las dos veces, sin los detalles de la desnudez.

No te metas, dijo cuando terminé de contarle. No es gente normal.

Ni esa semana, ni la siguiente apareció el Duna. Jugamos con los mellizos como si nada. Me moría de ganas de preguntarle por su hermana, pero no encontré la oportunidad.

El domingo siguiente me subí al techo de mi casa e hice guardia. El padre y los mellizos salieron en el rastrojero antes del mediodía. Al rato apareció el Duna. Desde la altura, planeé un camino alternativo y bajé del techo por la casa de un vecino. Crucé el asfalto y, entre los eucaliptus, sentí frío. Hice un rodeo de cientos de metros, sin dejar de pensar en las tetas de la enferma. Llegué a los nogales por una calle sin salida que conducía al basurero municipal, y que habían emparejado con máquinas. En las banquinas quedaron bordos de tierra y pasto amarillo. Escondido, repté los metros que me faltaban. Detrás de esa calle, en los campos arados, más allá del alambre y de unas vacas coloradas, un molino giraba despacio.

Los descubrí entre las plantas.

El cura tenía el pelo revuelto y el rostro colorado. Hundía la cabeza en el torso desnudo de la muchacha y se tocaba entre las piernas. Un hormigueo bajó de los hombros hasta mi pelvis. Las ganas de orinar me vinieron de golpe. Abrí la bragueta, así, acostado e intenté largar el chorro, no pude. Quedé duro. Escuché gemidos y unas palabras que no distinguí. Pensé que me quedaría inmóvil para siempre, con la verga afuera, congelándome. Imaginé el camión de la basura recogiéndome como si fuera una bolsa negra de consorcio. Imaginé a los empleados municipales dejándome en el basurero o en el infierno.  Cuando me desentumecí, el padre Jorge cubría a la enferma con una campera.

Aparecieron, días después, en el patio de los Castaño, un patrullero que no conocía y un auto de los importantes, no como el Duna. La mujer de la vez anterior caminó hacia la casa escoltada por los policías. Llevaba el mismo traje. Los mellizos se escondieron conmigo. La mujer elegante discutió, por un rato, con Matilde. Luego se acercaron los policías y el más petizo levantó la voz. Matilde llamó y la enferma salió en silencio, despeinada y con la boca sucia. Llevaba un vestido largo a cuadros, como los de la familia Ingalls. Parecía una abuela gorda. La mujer de traje le sonreía mientras le acariciaba la cabeza y acomodaba la ropa. Me hizo acordar a mi madre cuando me preparaba para misa. La enferma miraba el piso, no se movía. Finalmente se la llevaron en el auto.  El patrullero los escoltó. Matilde juntó unos cascotes y se los tiró mientras insultaba.

Los mellizos me acompañaron hasta mi casa. Sin despedirse se metieron de este lado del pueblo.

La semana siguiente lloviznó todos los días. Los mellizos no fueron a la escuela. El sábado fui a verlos. Parado en las vías, vi llegar el Duna. Me escondí detrás del tambor. El humo de una chimenea cortaba el cielo sin viento de la casa. El cura se acercó con decisión. Llevaba vaqueros azules y zapatillas deportivas, un camperón de nailon azul hasta las rodillas, un gorro de lana y lentes oscuros. Golpeó la puerta de entrada y giró a mirar el panorama. Clavó la vista en el tambor. Me hice chiquito, una bolita de miedo y quietud, convencido del castigo de Dios. Sin confirmación, sin amigos, sin familia. Solo, en una bolsa negra, en el camión de la basura, derechito al infierno. Me tiré de panza entre los yuyos y el tiempo se hizo duro, masticable. Escuché nuevamente los golpes en la puerta y, en un arrebato de coraje, pude asomarme.

A Matilde, la calza roja le quedaba más apretada y, además, no se le veían las tetas.

Iba, de la mano, con el padre Jorge hacia lo nogales.

 

Daniel (Nato) López. Orgulloso habitante de las Higueras. Profe de historia, lector incansable de literatura y escritor de narrativa “hasta que el hígado aguante”. Participa hace tiempo del taller de Narrativa que se dicta en la S.A.D.E., a cargo de Rubén Padula. En 2016 ganó el primer premio del concurso de la S.E.R. con un cuento llamado “Violencia”.

 

 

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