Está siendo ley (Registro de la vigilia, por Evelyn Milea Savini)

Foto: Pilotiin Slepa

La lucha feminista me hace transcurrir entre las amistades más cercanas, con las que me sostengo en el día a día y la manada, que me recibe en las calles y en la historia. Entrelazades, unides, somos un tejido gigante de tiempo, espacio y acciones.

El 7 de agosto decidimos con una amiga, fugazmente, viajar a Buenos Aires. Sabíamos poco acerca de quiénes iban a viajar con nosotras, éramos autoconvocades y esa misma noche salíamos, así que tampoco había tiempo para enterarnos de más. Nada de eso fue impedimento, este era un viaje distinto: un camino nos encontraba y nos hermanaba aún sin saber nuestros nombres. Ese camino nos teñía de una mística profunda a todes.

Casi una semana después, ese día sigue haciendo eco en mí. Lo que fue una agudización de sentidos en el momento, hoy se está convirtiendo en uno de esos recuerdos que vamos guardando con las palabras más pulidas y precisas que encontramos. Sentir en colectivo, en plural, en diversidad. Eso fue lo que permitieron las calles del país ese día.

Desde que salimos de Río Cuarto hasta la llegada al Congreso y luego en nuestro paso por las calles, habitamos un micromundo verde, violeta y naranja; de glitter y telas brillosas. De arte diverso y lleno de gritos que sabotean permanente y ferozmente el patriarcado. Estuvimos en una ola que se convertía en huracán frente al Senado y que mutaba en fuego cuando la lluvia vino a ambientar el lugar, a obligarnos a estar acurrucades, a generar calor y abrigo colectivo, alimento para una energía que no nos dejaba caer nunca, aún cuando los resultados querían imponerse como negativos.

Sabíamos que no habría manera de caer, que la algaraza del momento no nos dejaría y que hay una cuerda que nos ata a la lucha pasada y a la que vendrá. Así de inquietes somos. Tenemos voces para gritar por les que no están, por les que fueron sepultades por la clandestinidad en nombre del status quo; y, además, tenemos voces de niñes y adolescentes asegurando la emancipación de su presente y del futuro. Así de fuerte amamos.

Percibí después de varias horas un camino paralelo y una brecha. No podría plantearlo de otra manera, realmente creo que no nos encontramos en ningún punto. No hay conciliación que pueda imaginar cuando las muertes son las que marcan los límites. Un vallado dividía geográficamente esa frontera. Por un lado, la sociedad diversa, real, sosteniendo la vida. Por otro, una homogeneidad ficticia que contribuye a la existencia de abortos clandestinos. Nosotres emergíamos desde los márgenes que permiten transitar esto de ser un poco más libres, escapar de la heteronorma.

En nuestra marea verde se escuchaban las voces incansables y hermanadas; se sentía el amor y la comprensión de quienes ponemos la vida por delante sin dejar manchas de sangre y muerte a los cuerpos gestantes. En ese lugar, supe lo que es no estar sole en un aspecto dentro del entramado social. Supe, además, que somos invencibles y que, aunque nos quisieron matar siempre, estamos más vives que nunca.

Hacíamos circular las grillas de actividades de mano en mano. Las mesas de debate, la música disidente, las presentaciones teatrales, eran algunos de los momentos que compartíamos y que contribuían al movimiento de los cuerpos entre la lluvia continua y el viento helado. La comida, los mates, los abrigos compartidos también eran puntos de encuentro, cobijo para que se expulsara algún relato guardado por años, sobre el aborto de alguien conocide o sobre uno propio. Esos relatos que sólo ahí se pueden liberar, en forma de palabra y de códigos intrínsecos que se manejan en esos espacios hogares donde nos hermanamos para sobrevivir a quienes nos imponen el silencio y el terror para controlarnos.

No hay banca que valga y decida por nosotres cuando hemos despenalizado socialmente el aborto, cuando hablar es una verdadera posibilidad, cuando ponemos sobre la mesa nuestras necesidades, deseos, no deseos, verdad.

En nombre de su salvación, les religioses han manejado nuestros cuerpos y placeres, han deliberado sobre dónde ponernos y hacia dónde dirigirnos. En nombre de Dios, han matado a les pibes que abortaron clandestinamente. Incluso, en nombre de su status quo, han decidido hacer abortar en los mismos sitios clandestinos a quienes no quisieron hacerlo. Eso es lo que quieren: manejar nuestros cuerpos para su salvación frente a Dios y frente a una sociedad pacata y cruel.

Frente al Congreso, colocaron parlantes potentes con la intención de opacar nuestro grito. Pero la vida grita más fuerte. Alzaban cruces, vírgenes, estampitas; así también nos quieren a nosotres: crucificades y sufriendo; sin deseos y sin orgasmos subversivos; inmóviles. Cantaban: “estamos locos, locos por cristo” y le respondíamos con las voces de Susy Shock, de Cumbia Queers, de los cantos militantes, de Sudor Marika, del flujo plural y popular.

Quienes se proclaman como “pro-vidas” conciben nuestros ovarios como los rosarios que cuelgan sobre la cama matrimonial luego del casamiento. La cama sólo destinada a la procreación. El rosario contempla el acto divino y se regocija. No aman la vida, no salvan vidas; se salvan elles y su moral. Su problema no son los abortos, sino la imposibilidad de control sobre los cuerpos liberados, sin caretas, frente a los que no soportan sentirse identificades.

Cuando transcurrían las horas y sabíamos que el aborto legal, seguro y gratuito aún no sería formalmente una realidad, reforzábamos los ánimos; recorríamos para atrás y para delante la historia; rompíamos la linealidad; recordábamos a les pibes que no están; volvíamos combustible la sangre derramada; nos sosteníamos en el dolor pero, también en la fortaleza que genera haber llegado hasta acá, saber que seguimos de pie, que construiremos más camino y que los motivos sobran para creer que una banca no representa una cadena irrompible de militancia social, cultural y política que persigue los derechos de todes.

Más temprano que tarde será ley, lo está siendo aún sin papeles.

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