Los chicos solos (reseña de Adriana Canseco)

Texto de la presentación de Los chicos solos de Eloísa Oliva y Sol Deheza, Col. Niño caníbal (PreBanda, Córdoba, 2018)

La presentación fue realizada durante la I FLIJ – Río Cuarto 2018

Sin pretender interpretar este breve cuento comparto su extrañeza. Me detengo solamente a señalar su misterio. Se llama La rana mágica y es muy breve:

 

    Había en un pueblo una niña pequeña, a la que su madre solía dar todas las tardes un plato de leche con pan, y la niña se sentaba a comerlo en el patio. Cuando empezaba a comer, salía una rana de una rendija del muro y metía su cabecita en la leche. A la niña la divertía mucho, y cuando estaba sentada con su platito y la rana tardaba en venir, decía:

– Ranita chiquita, ven pronto y te daré tu poquito de leche y un pedacito de pan.

Entonces la rana venía corriendo y comía lo que le daban. Se mostraba muy agradecida, porque llevaba a la niña, de su tesoro secreto, muchas cosas bonitas, piedras relucientes, perlas y granos de oro. La rana no tomaba más que la leche; el pan lo dejaba.

Un día cogió la niña su cucharita, y dándola a la rana suavemente en la cabeza, dijo:

– Toma también el pan.

La madre, que estaba en la cocina, oyó que la niña estaba hablando con alguien, y cuando vio que con su cuchara estaba dando de comer a una rana, salió corriendo con un leño y mató al pobre animalito.

Desde entonces se notó un cambio en la niña. Mientras la rana había comido con ella, había crecido y estaba robusta; pero ahora palidecieron sus hermosas mejillas sonrosadas y se puso muy delgada. Poco después comenzó el jilguero a recoger ramitas y hojas, y la niña murió.

Los chicos solos es  un libro oscuro y luminoso como la pileta donde flotan como ahogados en el agua lustral de la infancia, los protagonistas.

Esa luminosidad es poética; una luminosidad que deja en sombras espacios entre enunciados, vacíos, pequeños saltos en los que el lector se arriesga al vértigo de lo no dicho. Los chicos solos entreteje misterios que revelan la ausencia de secreto de las palabras que ostentan la solidez de su materialidad incandescente.

La lengua que habla Los chicos solos se explora como un terreno salvaje en medio de edificios bien trazados  y se sume de antemano absuelta  de toda obligación pedagógica, de toda cronología: ni para grandes ni para chicos, sino habitando el límite donde toda apariencia pierde su espesor de realidad, recordándonos que el lenguaje es una red de relaciones fortuitas entre materialidades disímiles.

Quizás debamos entender primero que la infancia es, principalmente, una relación singular con el lenguaje, una relación entre mundo y palabra ofrecida al asombro, donde es posible la plenitud en un abismo de preguntas, donde es posible habitar sin conflicto ese vacío que todo discurso adulto más tarde tratará de llenar, de explicar, de apaciguar.

Por esa razón, la relación entre literatura e infancia es tan potente. No la literatura que el adulto, contestador compulsivo de preguntas que nadie hizo, sostiene, patrocina y prescribe para los niños, sino la verdadera literatura, esa que funda una lengua misteriosa de la que brota un azorado resplandor sin respuestas.

Para la infancia, la relación entre las palabras y las cosas es misteriosa, inmotivada. La verdadera literatura, como la infancia, no exige explicaciones sino que se rinde ante el milagro: se maravilla ante el hecho extraordinario de que mundo y lenguaje, simplemente, sean.

 

El relato funciona en esa sintonía desde tiempos inmemoriales. Los viejos cuentos populares, los más antiguos cuentos de hadas,  custodiaban ese misterio. En el cuento de la rana mágica una niña y una rana hablan una lengua común que la madre no puede entender. El fin de la magia (y de la infancia) parte de la desconfianza adulta en esa lengua común que comparten la niña y la bestia.

No sabemos nada de la rana, de dónde viene, cuáles son sus intenciones, no sabemos qué le dice a la niña; pero quizás no hay nada que saber: esa lengua común es su secreto y su milagro. Cuando la madre mata a la rana mágica, el diálogo se interrumpe, se arremolinan los malos presagios, la niña languidece y muere.

En otro extremo del mundo y del tiempo Los chicos solos juegan el ritual antiguo de los cuentos que hablan esa lengua misteriosa.

Cuando pienso en la apuesta editorial que inaugura una colección “infantil”, pienso simultáneamente en la dificultad y el riesgo de pensar en las fronteras de este término que nos interpela y nos convoca (o nos convoca porque nos interpela). Los chicos del cuento transitan justamente entre fronteras: la frontera entre países, entre lenguas, entre cuerpos, entre una y otro, pero también entre la infancia y su afuera (quizás la infancia solo es afuera), entre luces y sombras, entre literaturas sin etiqueta.

El amoroso mimo puesto en la construcción de este hermoso objeto me hace pensar en el juego de su hacerse, en el disfrute que evoca la conversación apasionada y secreta entre la niña y la rana, en la secreta felicidad de inventar nuevas formas para lo muy antiguo.  En este sentido, las imágenes de Sol Deheza juegan el juego: nos hacen transitar otros universos, otras formas de la magia, otros bosques dentro del bosque, otra noche dentro de la noche, la tormenta más allá de la tormenta.

Pienso en otras apuestas de editoriales grandes y pequeñas, consolidadas o recientes, que han intentado habitar el obstinado silencio de la infancia, su luminoso misterio. En voz alta, de memoria, pienso en algunos libros que me gustan, que me conmueven: el libro doble de Alberto Laiseca y Alberto Chimal, La Madre y la muerte/ La partida ilustrado por Nicolás Arispe (FCE, 2015), Las reglas del verano (Bárbara Fiore, 2014) o los Cuentos de la periferia (Bárbara Fiore, 2011) de Shaun Tan, las febriles ensoñaciones de Leonora Carrington de La leche del sueño (FCE, 2013), La noche estrellada de Jimmy Liao (Bárbara Fiore, 2010), Los misterios del señor Burdik de Chris Van Allsburg (FCE, 1996), entre otros.

Pienso necesariamente en otros niños solos, en otros bosques-hoteles. Pienso en “Hansel y Gretel”,  otros niños solos abandonados en el bosque nocturno por sus progenitores que prefieren imaginarlos devorados por las fieras antes que verlos morir de hambre frente a sus ojos. Pienso en los protagonistas de  “Hermanito y hermanita”, los huérfanos que se internan en el bosque para escapar del odio criminal de la madrastra hechicera. Pienso en los bosques que son también pasillos de hoteles y noches en vela, pienso en la forma en que los relatos tejen otros hilos que nos llevan a tientas al corazón de la infancia.

Pienso de nuevo en esa rana mágica susurrando una lengua nunca oída fuera de la infancia, pienso en esa frontera de la lengua y de los territorios donde dos chicos solos nadan en la oscuridad y se sumergen en la noche de sus preguntas.

 

Adriana Canseco

Río Cuarto, 14/07/18

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