De los dos colectivos o acerca de “La Glauce” (Por Claudio Asaad)

Casi todo en el mundo es palabra, o su intención o su consecuencia o está por ocurrir: la pronunciación, el viaje, el sentido después. Casi sin acto de pausa. De palabras nos hacemos cuerpo. Opacidad, y penumbra.  Todo dice más. A veces demasiado. A veces poco, poquito. Decimos por obra de la necesidad, la demanda y el temblor de la vida. Palabras que arman y desarman la arquitectura de la vida. Continuidad, y presente. ¿Podemos con tanto?

¿Acaso come de su propio impulso la lengua que nombra?

Estas cuestiones, tal vez  inútiles, poco productivas, comencé a pensar en los largos viaje en colectivo cuando viajaba a Paraná en una ruidosa TAC que pasaba por Río Cuarto de madrugada. Un colectivo, un espacio casi incómodo para el cuerpo en el que uno comparte horas de su vida con extraños. Espacio móvil, limitado  que hace de la geografía un dibujo de desplazamiento por la frontera de las ciudades, corre con el tiempo. ¿Cuántos kilómetros por hora? El mundo en el que vivimos se desplaza, se deja atrás. Tiempo y espacio se juntan, salen a correr. Los colores pierden las formas que los contienen, se alinean; la velocidad nos impulsa ¿Hacia adelante? ¿El tiempo, acaso está más allá? Nos subimos a los colectivos para mudar  nuestro destino a otro lugar.

Los colectivos. En estos últimos tiempos, he escuchado esa palabra, una y otra vez. La leo, es una palabra encarnada, entramada como piel en los grupos de jóvenes y no tanto que se juntaron porque pretendían y pretenden lo mismo, porque pueden distintos y heterogéneos ser  uno. Unidad de muchas, muchos. Colectivos móviles que se desplazan y empujan lo correcto, lo corren. Muestran otras geografías, hacen de lo obvio un bollo. Lo leen patas para arriba y descubren otros paisajes. Proponen. Reparten de nuevo. Confrontan, y luchan. Tienen claridad ideológica, porque buscan en la memoria, hurgan en las versiones de la historia, están atentos a lo emergente. Corren con el tiempo sin dejarse arrastrar. Militan ideas, las posicionan sin que la Política, como palabra o concepto se vacíe en su propio cántaro. De cerca las veo y los veo.  Somos testigos de una época, de sus atributos a veces trágicos, de su espíritu, demasiadas veces calcino. Cualquier exposición pública es eso: ponerse al frente. Dejarse vibrar, que escuchen los que están y que vean. Que hablen, que den la cara.

En los gélidos año 90 Los poetas del Aire y Caja Negra entre otros, éramos dos  grupos, de poetas y narradores  que pretendíamos resistir a lo desértico, llenar el mundo propio y el próximo de palabras pensadas, puestas en sitios donde sospechábamos que habitaba algo más que lo que el lenguaje designa. Tuvimos esa esperanza como fuego. En el maduramos, por él seguimos escribiendo, pensando que no es como creíamos, pero que se puede, que hay que seguir. Que hay otros remedios, capaz, pero que esa es la medicina que elegimos.

El colectivo La Glauce es el que ahora conozco. Son jóvenes, son muchos. Están en movimiento todo el tiempo. No  pretenden ser una referencia en la biografía local, pero llevan el nombre de Glauce Baldovin, ahí vive la energía de la poeta que escribió sobre la libertad y el terror de perderla. Son generosos, tienen el gesto abierto, comparten lo que hacen. No hablan en nombre propio, entendieron que lo individual no hace la diferencia, que no hay autoridad necesaria cuando entre todos se configura un cuerpo incómodo, pero fuerte, de esos que sostienen con militancia y trabajo  las convicciones que como sociedad nos faltan.

Se reconocen entre todas/todos. Y observan con atención el testimonio de los escenarios que les toca vivir.

Capaz que todos somos “La Glauce”, si somos capaces de decir y compartir el nombre propio, en un acto humilde y comprensivo de los tiempos que corren. “La Glauce” es un colectivo que no pretende mudar el cuerpo de nadie a otro destino, me parece.  Los he visto trabajar en la feria del libro independiente, en los encuentros de poesía, en otras ferias. Decir y mostrar. Estar despiertos, cuando todo parece dormitar su propio insomnio. Hoy los vi sentarse en la plaza, juntos escuchar la música que acompaña la lucha docente de la Uni nuestra. Están ahí, colectivo en el colectivo, sumados y uno. Diciendo que están asumiendo un lugar en este tiempo de necesario abrazo, eligiendo otro modo de reconstruir la trama, de reclamar con brazos anchos. La mirada curiosa. Los veo irse al rato, juntos, perderse en la noche nueva. Los colectivos urbanos  van y vienen. El frío tiene la forma del viento ahora. La música es una emergencia necesaria que acude para reunir lo junto, pero distante. Glauce ahora es un nombre con muchos rostros, una resistencia al olvido y mucho por venir. La poesía es, la revelación del estado de la vida cuando el silencio parece haber amurado las voces

El presente por suerte, a veces, tiene la sonrisa del futuro.

(Esta nota se publicó originalmente en el suplemento Corredor Mediterráneo del diario Puntal,  la reproducimos en el blog con autorización expresa del autor).

 

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