Decidora (Por José Di Marco)

DECIDORA [i]

 ¿Qué será, me pregunto, qué será de los que se cierran al amor o de quienes lo viven a trozos? ¿De los que no se internan en lo más espeso de su selva ni se arriesgan a buscar en las cimas de su océano?

Glauce Baldovin

1.

Lo primero que leí de Glauce Baldovin fue El libro de Lucía. Creo recordar que Daila Prado me prestó ese libro[ii]. Allá, hace tiempo, a fines de los ochenta del siglo pasado. Un tiempo analógico, sin web, sin email, sin redes sociales. Una época en que lo común implicaba acercamiento y reunión en un mismo lugar durante un rato al menos; entonces no existían los cliks ni los likes, y se escribían y esperaban cartas y estar lejos (o cerca) no era un asunto de conectividad.

En el Libro de Lucía se trama la autobiografía de una inmigrante italiana. El libro es “de” Lucía. El genitivo expropia el discurso poético del dominio de la autora para que nazca otra voz. Habla Lucía y ella misma relata sus experiencias cotidianas en versos ceñidos, desplegando la narración de su propia vida. Así, mucho antes, pero mucho antes, de que María Teresa Andruetto lo hiciera en Kodak (una heredera de Glauce; la otra es Elena Anníbali) Glauce encontraba en los residuos de la memoria familiar el material predilecto del que su poesía se alimentaba con fruición y frugalidad.

2.

Al poco tiempo, ¿ya estábamos en los ’90?, asistí a una charla que Glauce dio en el auditorio de la Biblioteca Popular Mariano Moreno. La acompañaba Daila Prado (de eso estoy seguro) y la acompañaba Omar Isaguirre (de eso no estoy tan seguro). No recuerdo de qué trató la conversación, pero jamás podré olvidar la reacción anonadada de Glauce (tal vez debería decir: su falta de respuesta, su sorpresa) y la premura inmediatamente contigua de Daila para cerrar la charla, después de que una persona del público le preguntara a la expositora si veía el mundo “desde el Apocalipsis o desde al Armagedón”.

Estábamos con Pedro Centeno entre el público y, desde entonces -han pasado casi treinta años- hicimos de esa pregunta una contraseña chistosa. En una reunión de amigos, cuando alguno de los presentes no habla, reconcentrado vaya uno a saber en qué, colgado, nos miramos con Pedro y él pregunta: “José, ¿cómo lo ves?”.

Más allá de su carácter bizarro, del chiste que construimos con la misma, aquella pregunta poseía y, aún contiene, un residuo de verdad porque la poesía de Glauce es apocalíptica (y/o armagedónica); sin embargo, ese índice de catástrofe, esa señal de desastre es, asimismo, la huella de un paraíso perdido, el vestigio de una tierra prometida que hay que reconquistar a pesar del infierno y la demolición. Todos los días, cada día.

3.

Unos quince años después, en una de las primeras ediciones de El aguante poesía, hablamos con Gustavo Borga (el poeta de Villa María) sobre Edith Vera y Glauce Baldovin. Gustavo me dijo que tenía todos los libros hasta entonces publicados de Glauce y que si me comprometía a devolvérselos él me los enviaba por correo para que yo los fotocopiara. A la semana siguiente recibí un paquete con los libros. Hice lo que me había comprometido a hacer. Fotocopié los libros. Y vía postal se los devolví a Gustavo. La idea era dedicarle un dossier de Cartografías –que por entonces era una revista- a la obra de Glauce. No se pudo y, truncado ese proyecto, demoré varios años la lectura de esos libros.

Aquél no era mi momento de lector para la poesía de Glauce. Así como ciertos libros nos encuentran y nos transforman en sus destinatarios privilegiados (parecen escritos para nosotros), otros en cambio nos esquivan y nos dejan a la espera, en un aplazamiento indefinido. No estamos preparados para leerlos, tenemos que aguardar ese momento en el que se den las condiciones (exteriores y privativas) para recibirlos y habitarlos. Un lector de verdad está predispuesto a las irrupciones del don y a las postergaciones de la espera.

4.

En 2015, en un stand de la Feria del libro de Córdoba, tropecé con Glauce Baldovin, Poesía inédita reunida, un volumen que agrupa nueve libros de la autora[iii], textos póstumos que, de acuerdo con la noticia biográfica incluida en la publicación y que lleva la firma de Livia Hidalgo[iv], Glauce escribió entre 1982 y 1990, años en los que estuvo internada en una institución psiquiátrica.

El terrorismo de estado le arrebató un hijo, Sergio González, y esa sustracción irreparable la empujó al alcoholismo, la locura y la muerte[1]. Una experiencia brutal y única laceró su vida y su escritura, tan íntimamente unidas. Los poemarios inéditos dan cuenta de esa pérdida insalvable, el martirio de un duelo inacabado. Recogen poemas de la madurez que Glauce empezó a escribir a sus 52 años. Los recorre la búsqueda de un conocimiento de sí misma a través de un repliegue en los recovecos del yo más recóndito: “¡Nuestro yo tan olvidado y que sin embargo necesario nos es tan intacto!”, exclama en el poema II de Clamor por la intimidad. Hay un deseo de intimidad que se despliega, poema tras poema, libro tras libro, al modo de una travesía introspectiva que resulta tortuosa, abrupta, difícil; sin embargo, esa trayectoria individual está acompañada, e incluso cercada, por vivencias, memorias y voces ajenas y variadas.

5.

No sé, y lo digo con toda sinceridad, si estoy aún en condiciones de leer la poesía de Glauce Baldovin. Es tan inmensa, tan vital, tan doliente, tan extraordinaria y tan bella que me minimiza. No obstante, intentaré hablar sobre ella.

 6.

En “Una creación de todos”, el prólogo a Glauce Baldovin. Poesía inédita reunida, Julio Castellanos señala: “Acaso por aquello de que la poesía se presupone como manifestación de la interioridad (…), es una fácil tentación apelar a las tribulaciones de un poeta para hacer de ese acontecer una herramienta hacia la que nunca debiera propenderse: la explicación del poema. Las duras condiciones en las que Glauce tuvo que vivir facilitaron una suerte de vicio crítico: el del acuerdo tácito de la mirada, el del automatismo repetitivo del juicio ya emitido”.[v]

Ningún poema, ninguna obra poética se explica más que por la vinculación intrínseca de las palabras y las frases que los conforman; la explicación supone la inmanencia del texto artístico, su desvinculación de las intenciones del autor y la supresión de sus nexos con la realidad extralingüística. Pero si se quiere dar cuenta de lo que habla un poema, de lo que dice una obra, se hace necesario interpretarlos. La interpretación exige la apertura de una obra, de un poema, al mundo; requiere su historización; solicita la exposición de sus efectos de lectura.

No se explican el significado plurívoco y el valor estético de la poesía de Glauce Baldovin solapándolos con el relato de su vida, pero la misma se comprende mejor si la consideramos en tanto que un síntoma posible de esa ligadura. Lo que ella nos dice, lo que la poesía de Glauce puede significar para nosotros, hoy, supone que podamos apropiarnos de ella leyéndola como una transfiguración, metafórica y simbólica, de su experiencia autobiográfica.

La escritura desplazada y salvajemente imaginaria de la propia vida se manifiesta en una potencia expresiva fuera de lo común. El discurso poético desborda el cauce del verso, excede las convenciones métricas y los patrones rítmicos tradicionales, se vuelve prosa[vi]. El versolibrismo de Glauce no tiene que ver con la prosa trunca ni con el registro inmediato de la realidad ni con la colección de anécdotas triviales que predominan en la poesía contemporánea (escrituras del presente, en las que prima una transparencia ambivalente). El uso del versículo que evoca, por ejemplo, la dicción profética de la Biblia y el aliento cosmogónico del Popol Vuh, que conjuga las inflexiones de la invocación y la plegaria, que remeda las alegorías globales del realismo mágico, que emplea ex profeso un léxico extravagante (“ardimiento”, “brezal”, “crisma”, “brotadura”), que manifiesta una cosmovisión orgánica de la naturaleza rayana al panteísmo, ubica a la poesía de Glauce en una postura intempestiva con respecto a aquélla. Es el corolario irreductible de una escritura torrencial y volcánica. Lírica, en un doble sentido. Marcada por la presencia constante de un yo poético (capaz de desdoblarse, extrañarse, expandirse, multiplicarse) y por una pulsión enunciativa que disloca los andamiajes lógicos del discurso mediante el montaje de imágenes dotadas de una reverberación, de una repercusión verbal que desemboca en una simbología extremadamente impar.

7.

Julio Castellanos sostiene también que la condición ineludiblemente expresiva de la poesía de Glauce descansa en el uso de recursos sencillos, nada artificiosos (la comparación, la prosopopeya), que “en su escritura vibra la desnudez de la existencia[vii].  Destaca asimismo la doble vertiente que la surca: la “pura” y la “instrumental”. Esa tensión irresuelta entre un vector referencial (de corte histórico, social y político) y otro más bien subjetivo y existencial predomina en toda la producción de la autora.

La de Glauce es una poesía que se vuelca efusivamente al exterior para decir los fragores y la efervescencia de la militancia (así se titula uno de sus libros, escrito en 1971) y las responsabilidades del compromiso cívico e intelectual; que denuncia las violencias históricas y preserva tanto los valores emancipatorios de la utopía revolucionaria como la memoria de las víctimas del terrorismo de estado; que explota indignada ante las injusticias y falsedades de un orden social, económica y culturalmente represivo basado en la reproducción de los prejuicios de índole patriarcal. Y la poesía de Glauce se interna desgarradoramente en los abismos infernales de la locura, en las percepciones trastornadas y en los delirios de la subjetividad fracturada, en los vértigos de una palabra que se interroga y se reta a sí misma ante la imposibilidad de fijar una significación concluyente; en ella el sentido está siempre gestándose sin solución de continuidad.

La escritura poética de Glauce constituye ella misma una experiencia en los límites del sentido. Es riesgo. Es transgresión. Es verdad, desesperada y auténtica. La inscripción en versos, instantáneos y explosivos, desbordados y ardorosos, de una inocencia atormentada y lúcida.

8.

Borges, en el poema titulado “East Lansing”, escribió:

 Los días y las noches                                                                                                                 están entretejidos (interwoven) de memoria y de miedo,                                                 de miedo, que es un modo de la esperanza,                                                                               de memoria, nombre que damos a las grietas del obstinado olvido.[viii]

En “La decidora”, Glauce dice:

¡Oh, la decidora!                                                                                                                               La que permanecerá en los días como simple memoria.                                                   La síntesis del tiempo. El testimonio.[ix]

            Ella escribió por la memoria y por la esperanza, en contra del miedo y el olvido. Estamos aquí recordándola. Recordemos, entonces, esas palabras suyas. Imaginémonos construyendo una herencia. Seamos inteligentes. Seamos sensibles. Seamos compasivos. Leamos a Glauce Baldovin.


(Luego de las Notas incluimos algunos poemas de la poeta extraídos de Mi signo es de fuego: Poesía Completa. Córdoba: Caballo Negro; 2018)

[1] Glauce Baldovin nació en Río Cuarto el 26 de noviembre de 1928 y falleció en Córdoba, el 23 de agosto de 1995.

[i] Escribí este texto para la presentación de Mi signo es de fuego, el libro que reúne toda la poesía de Glauce Baldovin y que acaba de editar Caballo negro. La presentación se hizo en la Feria de Editoriales Independientes, el 14 de mayo de 2018.

[ii] En realidad, El libro de Lucía está incluido en Poemas, Alción, Córdoba, 1987. En “Ella, Glauce Baldovin”, Livia Hidalgo afirma que Glauce escribió el Libro de Lucía en 1967 (pág. 19), inspirándose en la chacarera Lucía Bertello. Cfr. Glauce Baldovin. Poesía reunida, Editorial Las Nuestras, Córdoba, 2011, pág. 19.

[iii] Los libro son: Y sin embargo el sol (1980), Confesión (1982), Clamor por la intimidad (1983), La fotografía (1984), Del amor (1986), Paloma Pantera (1987), De lluvias (1988), Tercer milenio (1990), Arte poética (1985). Están ordenados cronológicamente, salvo el último.

[iv] “Ella, Glauce Baldovin”, págs. 17 – 21.

[v] Pág. 13.

[vi] Por ejemplo, “La fotografía” es un texto dramático en prosa, una tragedia con coro incluido. Cfr. Glauce Baldovin. Poesía reunida, págs. 79-94.

[vii] Pág. 12. Las cursivas pertenecen al original.

[viii] El oro de los tigres (1972), págs. 82-83.

[ix] En “Tercer milenio”, Glauce Baldovin. Obra poética reunida, pág. 196.

____________________________________________________________________________________________

III

Aquí cada ojo es como el ojo de Dios. El horizonte se agranda.                                              Me digo:                                                                                                                                          Huye, Lucía. Pero abrazo mi poco de trigo,  lo envuelvo en mis brazos como en                                                                                                                                               una sábana.

Huye, Lucía.                                                                                                                                           Y acaricio los húmedos ojos de la vaca,                                                                                        sus ubres, sus ancas,                                                                                                                      extiendo las manos en la tierra removida, las escondo para que no                                                                                                                                            me las roben.

Huye, Lucía.                                                                                                                                            A las bolsas de trigo las han apilado en las estaciones del tren                                                    las han apuñalado.                                                                                                                        Gorriones y ratas comen el trigo.                                                                                                      Y el tuyo no alcanza para hacer dos panes,                                                                              para hacer un pan.                                                                                                                                Huye.

(De Libro de Lucía)

—-

II

Hay que arrancar el cuchillo con el que se complacen                                                                                                                                               en clavarnos el corazón.                          Incendiar la cruz que nos ha sido destinada.                                                                      Caliente la sangre                                                                                                                              los nervios vigorosos                                                                                                                            nada podrán las arañas de once patas, el maleficio de las hiedras.                                            La soga que desates en el instante mismo de sentir las ataduras                                      derrumbará los muros del infierno                                                                                                las jaulas                                                                                                                                              las cárceles                                                                                                                                             y serás dueño de tu corazón.

La sola verdad no es suficiente.                                                                                                          Lleva en la otra mano la espada el garrote el incendio                                                                y si el canto resbala                                                                                                                              si resbala el amor                                                                                                                              que sea tu castigo como el castigo de los dioses.                                                                          De una vez y para siempre.

Porque hace mucho tiempo hemos permitido que nos encarcelen                                                                                                                                                         con palabras                                que se construyan catedrales con palabras                                                                                      que las palabras acribillen.                                                                                                          Cualquiera habla de la libertad del amor de la revolución.                                                    Usa las palabras como se usan las herramientas.                                                                  Cuídalas como la costurera cuida sus agujas su tijera su dedal                                                  y no permitas que nadie borde con ellas                                                                                    que nadie empuje con ellas a la desesperanza. Al miedo.                                                        Las palabras son las alas del hombre                                                                                               y son su granada encendida.                                                                                                            Su descanso. Su lecho.

(De La militancia)

XIV

Criaturas que no han conocido la desesperanza                                                                          no la invoques para tu alegría.                                                                                                         El que mucho ha vivido ha vivido tormentos y la paz                                                                                                                                                               le será concedida.                              Arrodíllate ante ellos, Anaann, y pídeles enseñanza.                                                                   Y al hombre herido acaríciale las lastimaduras                                                                         ya que ellas sanarán al contacto de tus manos.                                                                            Y crecerá tu estatura en los espejos y en las fuentes.                                                                Porque es bueno recibir alabanzas pero mayor gloria y placer                                                                                                                                                             es darlas                                         y gozar en nuestra propia bondad como en el paraíso prometido.                                            Eleán nos ejercitó en el arte de amar                                                                                                y nos coronó con olivos.

(De Yo, Seclaud)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto:
search previous next tag category expand menu location phone mail time cart zoom edit close