Crónica percutiente, sobre el taller de percusión feminista (por Virginia Abello)

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Es la inquietud. Es la incomodidad. Es el dolor o la empatía. Es la indignación. Es también el asombro, la posibilidad de otra clase de vínculos, o la alegría o la esperanza. La solidaridad, el encontrarnos y reencontrarnos, el reconocernos en la otra. El no sentirse nunca más sola. Algo de todo eso, mezclado y oloroso, de sahumerio, perfume o transpiración, nos trae a dedicarnos los sábados a la tarde a un “nosotras” colectivo que se está gestando en el ritual del percutir el parche, baquetear el cencerro y agitar las semillas. ¡Ay! Las semillas lindas de lo que te estamos sembrando, pacha mama.

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¿En dónde hacemos los surcos de las horas, madre tierra/madre tiempo? ¿Por qué decidimos dejar como ofrenda en la gorra nuestra tarde, todo aquello que dejamos de hacer? Cuando esta pregunta salió en la ronda de mate (nada menos que por qué hacemos lo que hacemos, por qué estamos acá), sucedió la coincidencia. Compartimos la emergencia de habitar espacios feministas. Y digo emergencia en su doble sentido: como algo que surge o reemerge en nuestra época -a modo de “cuarta ola”- y también –y sobre todo- como emergencia médica, socorro, auxilio, urgencia. Necesitamos, a veces como opio y otras veces como morfina, al “nosotras” reunido y fuerte. Y aunque no siempre es con las armas, ya sentirme en la trinchera es un lugar donde puede encontrarme el fin del mundo.
¿Pero qué es esto que decimos “feminismo”? Estamos seguras de lo que no es: no es dogma ni decálogo ni mandamientos. No es la otra cara del machismo (no es hembrismo como alguna vez dije; no es natural, es anti natural, porque viola las leyes de la naturaleza: la ley del más fuerte, la ley de la especie sobre el individuo). No es mala palabra, pero lamentablemente sigue viéndose así por algunas mujeres. Ante todo es algo que estamos construyendo y esta construcción tiene una dimensión personal, íntima (es algo que cada une va dándole forma según sus experiencias, sus gustos, sus posibilidades) y una dimensión colectiva (terminamos de darle forma en el contacto con les otres, allí es donde verdaderamente se terminan de delimitar las entidades, donde les cae el rayo electrificante que hace que la criatura eche a andar).
Dijeron las compañeras: es igualdad, horizontalidad, libertad. Es encontrarnos y reencontrarnos, es construcción y deconstrucción. Es transformación. Implica remover todas las estructuras (políticas, religiosas, sexuales, epistemológicas, naturales) así como se presentan hoy y repensarlas de nuevo. “Deconstrucción”, al decir de Derrida, es desarmar cada parte de la cosa y revisar cada uno de esos elementos. De seguro que esto no se hace de un día para el otro y no se hace sin dedicarle tiempo. Por eso rescatamos al inicio de este texto el tiempo que nos regalamos, cada una a sí misma y a las otras. Dice Sara Ahmed , “… la apertura de aquello que es posible no sólo se realiza en el tiempo, en ese rizo entre el presente y el futuro. La apertura también ‘toma tiempo’. El tiempo de la apertura es el tiempo de juntarse. (…) Mediante el trabajo de escuchar a los otros, de escuchar la fuerza de su dolor y la energía de su indignación, de aprender a sorprenderse ante todo aquello contra lo que nos sentimos enfrentadas; a través de todo esto, se forma un ‘nosotras’, y se establece un vínculo.”
¿Es este ‘nosotras’ que toma fuerza el primer paso de la transformación? ¿Es, más que una cuestión de etapas, la parte central, el núcleo duro del movimiento? ¿O es lo que yo valoro más que nada, pero que otras feministas pueden poner en segundo plano?

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Cuando nos preguntamos en la ronda de mate (que es círculo, no pirámide, mama tierra/mama tiempo), qué cosas hemos dicho y hecho que hoy revisamos y rechazamos, muchos de los mea culpa tenían que ver con juzgar a compañeras, ningunearlas o competirlas. Entonces sentí que estábamos en tiempo, que caíamos todas en el pulso, que apostábamos todas a un ‘nosotras’ sororo, amoroso y sabio. Las olas del feminismo se han replegado, dice Elsa Drucaroff , porque las diferencias dentro del movimiento lo han descuartizado cada vez, porque ha primado la intolerancia y la pulsión de reprimir a la otra. Dice Drucaroff, “… nuestra dificultad de concebir dos diferencias que coexistan sin jerarquía es la consecuencia más trágica del patriarcado…”, que todo lo clasifica en pares de opuestos. Hasta este punto puede el feminismo romper los esquemas con los cuales pensamos y no estuvo equivocada la compañera que dijo “Revolución”.
En la revisión obligada de nuestras prácticas pasadas y presentes, leímos en su doble dimensión (personal y colectiva) nuestra historia feminista en clave de emociones. Sara Ahmed destaca que la experiencia feminista comienza con historias de dolor, puestas en palabras o escuchadas, que pueden ser leídas como injusticia estructural. La energía que nos impulsa a luchar contra eso que está mal es la indignación, de la mano de la ira; emociones que también deben ser interpretadas y encauzadas (organizadas), para que no se descarten los reclamos. ¿Pero sólo puedo ser feminista si mi punto de partida es el dolor? En mi caso particular, por azar o por desconfiada, no tengo historia de dolor para contar. Algunas compañeras de la ronda comparten mi situación. ¿Dónde comenzó esto que aún no tenía nombre, allá en la infancia o en la pubertad? ¿Dónde comenzó la caída, como dice el poema de Claudia Masin ? Incomodidad, inquietud, una sensación que va adquiriendo poco a poco su gravedad y su peso, y cuando nos damos cuenta de que nunca fuimos iguales, de que éramos miradas (desnudadas) de forma diferente a como se miran los varones entre sí, de que otros y ya pautados eran los destinos que estaban escritos para nosotras, ya estábamos aplastadas. Y entonces sobrevino la indignación y el enojo.
Distintos recorridos serán admitidos si somos consecuentes con lo que dijimos al principio: no se trata de dogmas ni mandamientos. Ahmed destaca una emoción que es hermosa y la mayoría compartimos: el asombro. Dice: “… el asombro, como una relación afectiva con el mundo, se trata sobre ver el mundo que tenemos enfrente y con el que nos enfrentamos ‘como si’ fuera la primera vez (…) … nos permite ver las superficies del mundo como construidas y, como tal, el asombro abre la historicidad, más que suspenderla.” Lo pensamos como un abrir de ojos, un sacarse el velo –desvelar- y descubrir (con todo lo orgásmico que tiene el descubrir) que las cosas pueden ser de otra manera, que lo que tenemos en frente no es más que construcción. ¿Acaso no podemos ser ninfas desveladas de la construcción de nuestra casa? Y si nos molesta la palabra “ninfa” (porque nos la asignó la literatura macha, porque no hay “ninfos”), seamos albañilas de nuestra habitación propia, nuestro nicho de amor, nuestro patio de ocio, nuestra biblioteca. Hagamos casa o toldería o mochila, todo está por verse.
Por ahora, nosotras hacemos tiempo y hacemos casa los sábados a la tarde. No nos juntamos a tejer, ni a intercambiar tapers ni a comentar la novela romántica que todas leímos (aunque bien podríamos hacerlo). Nos juntamos a tocar los tambores y eso tiene una fuerza especial. Porque tradicionalmente fue lugar del hombre llevar el pulso, los latidos de esta jerárquica maquinaria, mientras las mujeres del aire bailotean como ninfas alrededor (o como moscas zumbonas). Bueno, no. La que quiera bailar, que baile; y la que quiera agarrar el zurdo, el repique o el redoblante, que lo agarre. Nos sumamos a la cantidad de grupos de mujeres percutientes que hay en el mundo, que retumban las calles en las marchas y en los carnavales, que cantan con alegría el derrumbe del mundo (¡se va caer!), porque hay desvelo, hay esperanza, hay amor suficiente para hacer algo nuevo. Eso venimos percutiendo. “¿Qué mal nos harán, hermanas? / Qué mal nos harán. Somos / un solo cuerpo vibrando. / Estamos a salvo.”

1. Si hablo en femenino en casi todo el texto es porque se dio que en el taller somos todas mujeres. No necesariamente tiene que ser así. Para este enunciado de tipo general, me permito usar el inclusivo, porque creo que el feminismo es un movimiento que nos involucra a todes.

2.AHMED, Sara (2014). La política cultural de las emociones. Universidad Autónoma de México. México.

3.DRUCAROFF, Elsa (2019). ¡Que no sea una ola! En El diletante. http://eldiletante.net/trabajos/que-no-sea-una-ola

4.“Las mujeres enfrentamos en la niñez un pozo / profundísimo, parecido a los cráteres que deja un bombardeo, / e indefectiblemente caemos desde una altura / que hace imposible llegar al fondo / sin quebrarse las dos piernas. Ninguna / sale intacta y sin embargo / suele decirse que se trata de un malentendido, / que no hubo tal caída, que todas las mujeres exageran. / Lleva una vida completa poder decir: esto ha pasado, / fui dañada, acá está la prueba, los huesos rotos, / la columna vertebral vencida, porque después / de una caída como esa se anda de rodillas o inclinada, / en constante actitud de terror o de reverencia…” (“Leona” en MASIN, Claudia. La desobediencia. Poesía reunida. Contexto. Chaco. 2018)

5.Idem

6.De “Hacia el 8M”, poema de Elena Anníbali (inédito). http://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/hacia-el-8m

 

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